>Dinero & pareja, ¿quién manda ahora?

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En el amor, la economía es mucho más que una cuestión numérica. Los matices actuales de un asunto en el que se juegan la confianza, la comunicación y el poder

Dinero & pareja, ¿quién manda ahora?Leonardo Sbaraglia y Julieta Cardinali actuaron de marido y mujer para esta producción Foto: Martín Lucesole
Por qué un papel rectangular impreso en violeta y negro, que en uno de sus lados muestra el retrato de un prócer y en el otro una escena de caballería militar, equivale a cien pesos? ¿Y por qué motivo otro papel del mismo tamaño, en el que con tinta de los mismos colores se nos ofrece la promoción de un restaurante o de una ferretería, es rápidamente arrojado al piso o hecho un bollo termina en un tacho de basura? Entre todos hemos aceptado una convención, hemos creado un simbolismo que le da valor a un papel y se lo niega al otro. Este código nos sirve para convivir, para intercambiar bienes, para permitir transacciones que hacen a nuestras interacciones cotidianas. Gracias a ese símbolo e instrumento en que hemos convertido al billete, obtenemos o vendemos bienes, aseguramos nuestra salud, brindamos educación a nuestros hijos, somos recompensados por nuestro saber, nuestras habilidades, nuestra producción, nuestro esfuerzo, agasajamos a nuestros seres queridos, nos procuramos alimentos e incluso reparamos, en muchas oportunidades, daños que causamos.
El dinero es, siempre, mucho más que dinero. Es comunicación, es valoración, es poder (y cuando está desigualmente repartido en una sociedad significa mucho poder para algunos, generalmente pocos, y nada para otros). Es imposible obviarlo, tiene inevitable presencia en nuestros proyectos, en nuestra supervivencia. Es, acaso, la más extendida de las convenciones humanas, existe bajo todos los idiomas, bajo todas las culturas, bajo todos los sistemas políticos. Es, digámoslo, tan omnipresente como el amor. Y ya que es así, ¿qué relación hay entre ellos? ¿Cómo se llevan el dinero y la pareja?
El tema no suele ser fácil, incluso para las personas más evolucionadas, para las que se consideran más actualizadas en su modo de pensar y de ver el mundo. El viejo paradigma que reza “Contigo pan y cebolla” mantiene una sólida vigencia. Desde que, allá por el siglo XII, irrumpiera lo que se conoce como amor-pasión, ese sentimiento en el cual los amantes se eligen entre sí y escapan del modelo de vínculo que es una simple transacción económica entre familias, pareció que cualquier alusión al tema dinero no hacía más que ensuciar el amor. Había razones para eso, como bien explicó el historiador y sociólogo suizo Denis de Reugemont en su clásico estudio El amor y Occidente.
Hasta la irrupción del amor-pasión (cuyo primer testimonio es la leyenda de Tristán e Isolda) el matrimonio no era cosa del hombre y la mujer que se casaban, sino de sus familias que, al margen de ellos, decidían en función de los destinos de las dotes y las herencias. Se trataba de resolver, a través de los cónyuges, el destino y el resguardo de los patrimonios. Con el amor-pasión (base, casi siempre, de romances imposibles y sufrientes que luego inmortalizaban la poesía, la música, la literatura, los trovadores y, más tarde, el teatro, hasta llegar al cine) vino una virulenta reacción contra aquel modelo que transformaba a las personas (sobre todo a las mujeres) en objetos, casi en monedas. De allí el “Contigo pan y cebolla” y todas sus variantes. Nada más opuesto, ajeno entre sí y enfrentado, desde esa óptica, que el dinero y el amor.
Nueve siglos más tarde el tema sigue siendo difícil. A medida que consolidan sus relaciones y van consagrando la estabilidad, las parejas suelen abordar diversos temas: dónde vivirán, cuántos hijos planean tener, cómo los educarán, qué otros proyectos comunes llevarán adelante. Abren sus corazones, se cuentan sus pasados, se asoman las mutuas esperanzas y temores. ¿Hablan también de dinero? ¿Cómo ingresará? ¿Cómo lo administrarán? ¿A qué lo destinarán? ¿Será responsabilidad de uno o de los dos?
Especialista en el tema de prevención y acción contra el ocultamiento de bienes y el fraude, el abogado Leonardo Glikin, autor de Matrimonio y Patrimonio , señala que toda persona tiene derecho a plantearse interrogantes como éstos: ¿Aceptaría en su pareja una tendencia reiterada a la infidelidad? ¿Aceptaría que a él o ella no le gusten los chicos? ¿Aceptaría un maltrato permanente o una denigración de su persona? Muchas otras preguntas pueden dar la pauta de lo que uno está dispuesto a aceptar, o no, en su pareja, dice Glikin. También los temas económicos (dinero y bienes) deben entrar entre las preguntas. “Si resulta difícil abordar conjuntamente este tema, cabe deducir que tampoco es bueno el diálogo en otros aspectos que hacen a la vida de la pareja”, concluye.
Es que, sin duda, cuando se habla del dinero en la pareja no se habla de números. El verdadero tema es la comunicación, la confianza, las visiones compartidas, el punto de llegada hacia el que se orienta el viaje en común. Se habla, en fin, de amor. Y se habla de poder.

Dinero y fantasmas

Los paradigmas de una sociedad se reflejan en las parejas y viceversa. Más allá de algunos cambios en los discursos o en las formalidades, los asuntos económicos y empresariales en nuestra sociedad los siguen administrando y gestionando, en abrumadora mayoría, los hombres. Y las mujeres que ingresan a esos cotos deben demostrar cualidades masculinas (no necesariamente en lo sexual, sino en lo que se refiere a estilos de decidir, ejecutar y liderar, de modo jerárquico, con poco espacio para la duda, actuando verticalmente y dejando en segundo plano la empatía y las emociones). En paralelo, vemos cómo las salas de espera de los pediatras y las reuniones de padres de los colegios muestran, en otra abrumadora mayoría, más mamás que papás. Estos fenómenos repican en la vida privada. Entonces, en la pareja, como en la sociedad, el hombre es el administrador económico y la mujer la administradora emocional. Aun en las parejas en las cuales ambos generan ingresos económicos, las decisiones más trascendentes (inversiones, grandes gastos, operaciones inmuebles) suelen ser conducidas, cuando no decididas, por el varón. Ella está al tanto de la vida y emociones de los hijos (cuando los hay), mantiene en marcha la vida social común y pone el énfasis en la relación con amigos y familia.
Mientras tanto, como bien lo recuerda la psicoterapeuta colombiana Dora Salive Vives, del grupo de investigación Constelaciones Familiares Hellinger, “existen fantasmas alrededor del dinero tanto en hombres como mujeres”. Los fantasmas masculinos refieren al temor de no aportar económicamente lo suficiente (esto tiene que ver con expectativas reales de su pareja o imaginadas por él), y con ver así cuestionada su masculinidad o con el peligro de quedar a merced del dinero que aporta su mujer, lo que significaría una pérdida de autoridad (para no hablar de la autoestima).
Los espectros femeninos, a su vez, rondan alrededor de la sensación de desprotección y desamparo que aún afecta a muchas mujeres cuando su pareja no maneja grandes sumas de dinero. Paradójicamente, cuando el desempeño económico del varón es sólido y excluyente, hay mujeres que se sienten asfixiadas, privadas de autonomía, con baja autovaloración. Y como los modelos tradicionales tienen raíces profundas, que no se desentierran con sólo desearlo, se dan casos de mujeres que, aún con ingresos económicos propios y a menudo importantes, sienten aquella fragilidad y desprotección si su hombre no los tiene también.

Acuerdos y desacuerdos

Un buen número de hombres dispuestos a un modelo de pareja menos rígido en cuanto a roles tradicionales se sienten abrumados por el peso de la responsabilidad económica, también cuando puedan solventarla. Se suelen quejar de que, mientras sus ingresos económicos sostienen la alimentación, el techo, la salud, la educación y los gastos troncales de la pareja y la familia, los ingresos de sus mujeres son considerados por ellas como estrictamente personales y dedicados, por lo tanto, a gastos, ahorros o inversiones que tienen que ver sólo con ellas.
Por otro lado, están las mujeres que expresan, en privado (con amigas, hermanas o terapeutas), su creciente malestar y resentimiento por haber sido dejadas al margen de las cuestiones y la información sobre la economía de la pareja, que es un top secret de sus hombres. Por supuesto, esto no ocurre por generación espontánea. Suele ser producto de un acuerdo implícito en el que él se compromete a proveer todo lo necesario, a no “hacerle faltar nada”, a cambio de que ella no pregunte, no cuestione decisiones económicas, se haga cargo de la retaguardia doméstica y sea, como dice Salive, “una madrecita que lo cuidará siempre”. Claro que, como apunta esta estudiosa del tema, hay muchas mujeres en la actualidad “que ya no quieren ser madres de sus esposos ni competir con las suegras para ver quién lo alimenta mejor ni aceptar resignadas las relaciones paralelas de los esposos, así como no quieren tolerar el servicio sexual, desean relaciones más equilibradas donde la gratificación sea mutua”.
A la luz de esta situación, el dinero en la pareja deja de ser, definitivamente, una mera cuestión económica y debe ser visto como un tema de género y de sentimientos. Porque del mismo modo que una pareja maneja el dinero, gestionará su vida emocional, su comunicación, su sexualidad. Si hay ocultamientos, recelos y manipulación en lo económico no será raro encontrar esas mismas características (secretos, escamoteos, actitudes que tienen segundas intenciones) en otros aspectos de la vida en común. La desconfianza en las cuestiones de dinero (“¿El tiene cuentas ocultas que yo desconozco?”, “¿De dónde saca ella para comprarse lo que se compra si dice que con lo que yo le doy no le alcanza?”, “El no se priva de nada, pero a mí me vive controlando”, “A ella nunca le basta, ¿acaso cree que yo fabrico los billetes?”) es seguramente el síntoma de una susceptibilidad y suspicacia que ensombrece otras áreas sensibles del vínculo.
El uso del dinero en función de poder y control (el proveedor siente que su función le da derechos especiales, el otro acumula resentimiento y trama o ejecuta sutiles venganzas para sentirse autónomo) hace que la pareja sea un campo de confrontación antes que un campo de colaboración. Si cada vez que se plantea un tema en el cual el dinero tiene un papel determinante (como adquisiciones, vacaciones, elección de escuelas, actividades culturales, deportivas, profesionales o vocacionales que un miembro de la pareja quiere emprender) esa propuesta termina en conflicto, seguramente el problema no está en la plata sino en la comunicación, en la empatía o en la anemia de los proyectos y propósitos comunes.

El dinero no es dinero

Lo cierto es que cuando las parejas tienen desacuerdos y peleas por cuestiones económicas, el dinero es, como en la vida de una sociedad, apenas un símbolo. Así como el billete violeta vale cien pesos porque simboliza algo que fue acordado, la gestión del dinero en la pareja representa el modo en el cual los miembros de esa sociedad afectiva se complementan, se relacionan y le dan un sentido a su vínculo. Algo similar suele ocurrir con los problemas sexuales. También en éstos se juegan temas como la comunicación, la cooperación, la empatía y el poder. De hecho, hay una significativa relación entre ambos campos y no es raro observar cómo los conflictos económicos en la pareja repercuten en la sexualidad, o cómo lo que a veces comienza como una disfunción en lo sexual termina por traer a la superficie silenciadas pujas económicas. Quien aporta el dinero suele creer que eso le asegura la permanente disponibilidad sexual del otro. Y quien está resentido por el poder económico que se ejerce sobre él, a menudo encuentra la manera de protestar cerrando la canilla del deseo.
Existe la creencia de que amor y dinero van por caminos opuestos. Según la misma, en el dinero hay siempre impurezas, mientras el amor es impoluto. Y cuando se tocan el dinero mancha al amor. Por lo tanto, se prefiere no hablar de dinero. Sin embargo, nada hay de impuro o de sucio en el dinero. Se trata de un símbolo, de un código, de un instrumento. Existen, sin duda, modos espurios e indignos de generarlo o de administrarlo, pero éste no es un problema del dinero sino de las personas. Una vez más, quienes no son éticos en la generación y administración del dinero, posiblemente tampoco lo sean en otras áreas de su vida e incluso en su vida de pareja. En ese sentido, el dinero es un símbolo que va siempre mucho más allá de lo económico. En cuanto al amor, éste sin duda se debilita y ensombrece cuando en su nombre se silencian aspectos importantes del vínculo.
Clemencia Sarquis, especialista en temas de pareja y familia y miembro de Padres OK, institución chilena dedicada al área, considera que “la forma de manejo del dinero en la pareja puede convertirse en fuente de conflicto en la medida en que no se actúa de común acuerdo entre ambos, y si no se evita que alguno juegue el rol de sometido, resignado o poderoso”. Sarquís sostiene que “la conversación y el acuerdo acerca de ese tema favorece una intimidad sin problemas, por eso es que la mayoría de las veces lo más sano para la relación es que antes de constituirse en pareja ambas partes sepan los dineros que tendrán y cómo les gustaría distribuirlos, así como también si los dos piensan trabajar y cuánto tiempo proyectan destinarle a ello. La peor forma de enfrentar las discusiones de dinero es con deshonestidad, suspicacia y deseo de dominio.”

Hablemos de amor

Más que la relación entre dinero y amor, como se ve, el conflicto parece residir en el lazo entre dinero y poder. Donde el amor se manifiesta en hechos (es decir, si deja de ser un sustantivo y se convierte en verbo conjugado) y cuando en la pareja hay escucha, comprensión, metas compartidas, confianza y una rica intimidad, el dinero es una herramienta más en la construcción amorosa, fluye armoniosamente independientemente de su cantidad. Pero, advierte Sarquís, “muchas veces la discusión respecto del tema dinero surge por razones subyacentes que son más difíciles de reconocer, como el desamor o la pérdida de atractivo por el otro”. Seguir enfocados en el dinero equivale, en esos casos, a discutir sobre un árbol mientras se incendia el bosque.
Cuando la base amorosa del vínculo existe y se manifiesta, cada pareja encontrará su manera de manejarse con el dinero. Sin duda, cuando ambos trabajan muchos problemas están zanjados de antemano. Habrá mayor autonomía y paridad en la cuestión. En esos casos varían las opciones. Algunas parejas establecen “pozos” para los gastos comunes y, fuera de eso, cada quien maneja su dinero. Otras reparten los gastos a solventar por cada uno. Las hay en donde cada integrante aporta en proporción a sus ingresos. Y están los que hacen un fondo con los ingresos de ambos y lo dividen en partes iguales.
En las parejas en donde uno trabaja y otro no, un acuerdo justo consiste en reconocer que no sólo los aportes económicos cuentan y que éstos no dan prerrogativas especiales. Habitualmente el que “no trabaja” (con frecuencia la mujer), en verdad trabaja mucho. Suele hacerlo sin horario y sin días francos, en tareas aparentemente no productivas que, sin embargo, como vigas invisibles, sostienen el edificio doméstico. ¿Cómo valuar ese aporte? En otras parejas hay acuerdos explícitos por los cuales uno dejará de producir ingresos y se dedicará a una meta específica, que puede ser personal o de la pareja (maternidad, estudios, año sabático), pero que se relaciona con la vida en común.
Cada pareja es un mundo o, más, un universo. Los modos de gestionar el dinero varían con cada una. Lo importante es encontrar el modelo que acompañe y aporte a la construcción y desarrollo del proyecto amoroso, lo cual será siempre más factible cuando la vida de la pareja se haya iniciado no bajo el signo de la conveniencia o la especulación, sino por el impulso del amor.
En definitiva, el dinero no lo es todo y quien se propone convertir a su pareja en una unidad de negocios se suscribe a la infelicidad, al malestar y a la desconfianza. La base en el manejo del dinero se construye con comunicación, buena fe, honestidad, respeto y confianza. Ninguno de estos valores se establece por el simple hecho de ser mencionado o declarado. Es necesario convertirlos en hechos, vivir con ellos cada día de la existencia en común. La experiencia promete siempre pingües ganancias. Y cumple.
Por Sergio Sinay
revista@lanacion.com.ar

Para ahorrar en conflictos

1. Hable de los asuntos que considera desequilibrados en la relación. Tome decisiones temporalmente, no haga acuerdos y negociaciones para siempre, somos adultos y ponemos las pautas, podemos reconsiderarlas y cambiarlas.
2. Comience por cambiar. Si una persona de la relación cambia, la otra se ve obligada a hacerlo. Insista en que las cuestiones de dinero se manejen de a dos.
3. Practique la generosidad tanto verbal como en la acción. Dé más de lo que recibe a nivel afectivo y verá que al producir ese desequilibrio el otro tratará de equilibrar la relación dando a su vez. Después de un tiempo, hable de su esfuerzo o cambio y pregúntele cómo se siente; dígale al otro cómo le gustaría que compensara el desequilibrio. Quítese la idea de la cabeza de: “Si él me ama lo hará sin que yo se lo diga, o si ella aún me quiere, se dará cuenta y cambiará.”
4. Una pareja exitosa debe ser una combinación de querer ser amado, querer recibir y querer amar al otro, querer dar. Pida lo que desea y necesita, permita que le pidan y no sienta todo como un reclamo.
5. Busque espacios específicos para hablar de los problemas económicos y no deje que el tema invada todos los momentos. Acepte que el dinero nunca alcanza, no use el dinero para evitar el aburrimiento.
6. La pareja puede hacer el esfuerzo de centrarse en lo que tienen (sentimientos de abundancia) y no en lo que no tienen (sentimientos de vacío).
7. Lo más importante: pregúntese si realmente el problema es el dinero. La plata por sí mismo no es problema. Cuando tenemos problemas con el dinero es porque hay conflictos ocultos de poder, afecto, apreciación, compromiso o sexo.
Fuente: Grupo Hellinger, Colombia

Acerca de Graciela Mariani

Arquitecta Planificadora Urbana y Regional
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