>Piratas en la Red

>Testimonio

Alicia Dujovne Ortiz
Para LA NACION

Piratas en la Red Foto:
Todo empezó con un mensaje enviado a mi dirección de correo electrónico y escrito en el colorido idioma al que los franceses llaman petit nègre : una lengua francesa robusta, imaginativa y plena de sabores picantes. La remitente contaba que, a punto de morir, había decidido legarle su fortuna a algún feliz desconocido elegido al azar.
Hallados mis datos por intercesión divina, me nombraba su heredera. Naturalmente, era necesario completar un cuestionario con mi dirección, teléfono, número de documento y número de cuenta, para que un banco de un país africano hiciera la transferencia a mi nombre. No contesté.
El segundo mensaje era muy similar, incluido el estilo. Una mujer a punto de morir, etcétera. La única diferencia estaba en el país de Africa cuyo banco me enviaría una suma en euros bastante jugosa. Tampoco contesté.
La tercera me convenció de la inocencia (verbal) de sus autores: esta vez la agonizante altruista continuaba con sus ayes y con su fervor religioso, pero aunque su banco seguía siendo africano, ella se presentaba como belga.
Fue una gran decepción: yo había pensado que los dos primeros mensajes eran el fruto de una sabia reconstrucción idiomática y hasta me había imaginado a dos tramposos parisienses matándose de risa mientras redactaban el mensaje en un francés no por básico menos suculento. Ahora comprendía mi equivocación: si los redactores le atribuían el engendro a una belga, era porque creían sinceramente estar escribiendo en francés de veras; por inculta que la tal belga fuera, nunca habría logrado reunir semejante amasijo de faltas de ortografía, a menos que fuera flamenca y no valona. Sin embargo, costaba concebir que ninguna belga, valona o flamenca, hiciera gala de una fantasía tan tropical.
Quizá debido a esta desilusión de orden estilístico, respondí rogando con cierta bronca que me dejaran en paz. Al día siguiente recibí un mensaje entusiasta. Mi tercera donante se mostraba “encantada de mi decisión” y volvía a pedirme mis datos personales.
Acababa de cometer un primer error, causado por uno de los pecados capitales: la ira. Pronto cometería uno más grave, causado por el miedo, que no es pecado capital pero debería serlo y que, en todo caso, figura en buen lugar entre las emociones negativas más desechables.
Este mensaje no venía del Congo ni de Senegal sino del propio servidor que maneja mi cuenta: Gmail. Estaba redactado con seriedad y utilizando los términos oficinescos de rigor. “Durante los últimos días usted ha recibido archivos pesados -me decían-. Si no tenemos su dirección de correo electrónico alternativa y su contraseña, deberemos eliminar su Google Bzzz (o Brrzzz, o algo parecido a un zumbido de abeja mezclado con chuchos de frío) dentro de las 24 horas y sin otro preaviso.”
Yo había recibido archivos pesados, es cierto. Pero les contesté que no entendía su pedido (por orgullo no agregué que no tenía la menor idea de lo que significaba la onomatopeya bzzz o brrzz). En cambio, lo de las 24 horas sin preaviso me recordaba centenares de amenazas similares, en general bancarias, y el estilo me traía nefastos recuerdos.
Un detalle no concordaba en el mensaje: el infinitivo en lugar del participio. Los remitentes ponían ” vérifier“, verificar, donde habría correspondido ” vérifié “, verificado. ¡Pero tantos franceses escriben con errores en su propia lengua! “Esta es una falta muy difundida”, me dije, no sin recordar una historia que tuvo lugar en Francia hace unos años, donde un infinitivo salvó a un hombre de enmohecerse entre rejas.
Una mujer culta y adinerada fue asesinada ferozmente en el garaje de su casa. En la pared, escrito con su sangre, se leía: ” Omar m´a tuer ” (Omar me matar). Lo correcto habría sido ” Omar m´a tué ” (Omar me mató). La falta es común porque al oído tué y tuer suenan igual. Omar era el jardinero árabe, que respondía, por eso mismo, al estereotipo del culpable y fue a parar a la cárcel. Pero el argumento del tiempo verbal sirvió para dejarlo en libertad: la mujer asesinada no pudo haber escrito eso ni en punto de muerte, sostuvo el abogado defensor del jardinero. El asesino debió ser alguien que aprovechó la ocasión para encajarle la culpa al desdichado Omar, estampando su acusación con la sangre de su víctima.
Acordarme de tuer y de tué y compararlos con vérifier vérifié no me sirvió de mucho. Horas después, recibí un segundo mensaje, también supuestamente de Gmail y concebido en términos aún más convincentes. Fue entonces cuando el cuasi pecado capital del miedo me empujó a cometer otro, quizá venial, al que llamaré pecado de zoncera. Les di la contraseña, nomás, y me olvidé del asunto.
No pasó mucho tiempo antes de que la primera amiga me llamara con ese tono compungido y suavecito con que solemos dirigirnos a los enfermos, preguntándome: “¿Estás bien?”. Como no recordaba estar mal le contesté con indisimulable irritación: “Sí, claro, ¿por qué?”. “Porque acabo de recibir un mensaje tuyo donde pedís ayuda.” Me acordé de los piratas electrónicos, esos personajes misteriosos de los que tanto se habla, y atiné a responderle conservando, todavía, la calma: “Es trucho, yo no fui”.
A partir de ese momento, el teléfono no paró de sonar. Aparte de que me llamaban de Buenos Aires, pero también de París y de varias otras ciudades francesas, o de Madrid, o de México, o de Belgrado, cada llamada aportaba su granito de arena. Todos mis amigos y conocidos del mundo entero, 700 en total, habían recibido el mensaje.
Dado que obviamente yo misma no fui la destinataria, lo conozco de oídas, que no de vistas. Primero venía un primer texto inconexo y como balbuceante que decía, en dos pseudoidiomas (un castellano de traducción informática y un francés de ultramar): “Pedido de ayuda. Necesito hablar usted. No contesta mail”.
Los audaces que contestaron lo mismo por su cuenta y riesgo se encontraron con una larga novela, igualmente pseudo-bilingüe, en la que yo presuntamente me lamentaba de haberme dejado embaucar por unos africanos con el cuento de una herencia; que al llegar a Abidjean, Costa de Marfil, esos sinvergüenzas me habían alojado, para mi gran felicidad, en un hotel cinco estrellas; pero que ahora, para cobrar la herencia, me exigían el pago de 12.000 euros (con el correr de los días me fui cotizando y devaluando, lo mismo que el euro: subí a 50.000 y bajé a 300), y que me encontraba presa en un hotel de esa ciudad africana, rogando a mis amigos que mandaran la plata para liberarme. Como conozco Abidjean, me dejé acunar unos instantes por el grato recuerdo. Duró poco: cuando intenté abrir mi cuenta de Gmail, mi contraseña no era válida.
Los que hemos creído en la relativa seguridad del ciberespacio solemos no anotar las direcciones de correo electrónico en una simple libretita, sino guardarlas en la lista de contactos. Por otra parte, nuestros amables servidores las guardan sin molestarnos con tales nimiedades y uno se siente protegido por una corte de hombres sabios que velan por nuestro bienestar.
Todo se derrumbó en un instante: no poder acceder a mis mensajes significaba también haber perdido mi lista de contactos, vale decir, cierta cantidad de personas cuyos datos recuperaré con el tiempo y otros más alejados a las que nunca más lograré pescar en el océano virtual donde ahora nadan. A la consiguiente sensación de soledad se sumó un pánico de naturaleza práctica: ¿cómo transmitir mensajes a quienes trabajan conmigo, cómo enviar mis textos a un editor o mis artículos a un diario?
Estas incertidumbres todavía revelaban mi ignorancia. Rescatar esas direcciones era el menor de mis problemas y, me atrevería a sugerirlo, el de las 700 personas implicadas en este asunto sin comerla ni beberla.
Cuando cierta mañana un amigo que me llamaba desde París me contó que el ladrón chateaba diariamente a mi nombre pidiendo sumas cada vez más modestas, el pobre, y cuando mi hija me avisó, también desde París, que mi nieta le había mandado un mensaje firmado por mí, comprendí la magnitud del desastre.
Mi doble, el ciberchorro, no puede haber entrado en la cuenta de mi nieta como lo hizo con la mía, porque no tiene la contraseña, pero sí en sus mensajes. De modo que se sumó, cariñoso, al diálogo familiar. Dadas sus tendencias novelescas, nada tendría de raro que este mellizo informático que me ha salido empezara a enviar mensajes de un integrante de mi lista al otro, mezclándolos en un infernal batiburrillo, parecido al de mi cabeza en este momento y que abarcaría gran parte del planeta.
Mi hija decidió jugar el juego y contestarle ofreciéndole enviar unos euros a la dirección que le indicara. El Sandokán de los espacios virtuales respondió dando su nombre y el de su hotel, en Abidjean, es claro. Con esos datos mi hija fue a la ciberpolicía parisiense, que prometió ocuparse. Por mi parte, cambié de dirección. Es todo lo que por ahora se puede hacer, aparte de golpearse el pecho. Lo otro es meditar.
Temas de meditación no nos faltan. En primer lugar, la ya mencionada zoncera. Si mi irritación fue creciendo, hasta rozar una violencia, por la que pido disculpas a quienes me llamaron inquietos, fue porque la ingenuidad que demostraban al suponerme realmente en peligro reflejaba la mía al entregar la contraseña.
Es que frente a las agresiones de un nuevo tipo no tenemos defensa. No en mi generación, al menos: la única que me llamó a decirme las palabras justas con el tono justo fue mi nieta menor, que declaró, con gran poder de síntesis: “Abu, son hackers”, y agregó: “Los vi en un programa de la televisión francesa, son pibes desocupados de varias ciudades de Africa que se pasan el día en el locutorio tratando de agarrar a alguien”.
Los demás preocupados oscilaron entre dos extremos que me hicieron de espejo: ellos se habían avivado de todo, qué duda cabe, pero por si acaso se lo creían.
Y como segundo tema de meditación mencionaré, sin engolar la voz, o tratando de no hacerlo, el sentimiento de pérdida derivado de una auténtica violación de identidad y la ingravidez que proporciona el hecho de saberse, literalmente, al aire.
Curiosamente, lo más indignante del caso me ha resultado que alguno de mis conocidos pudiera atribuirme la autoría de textos tan bochornosos. Estoy segura de que tampoco yo, ni derramando sangre a raudales, habría sido capaz de escribir Omar m´a tuer .
A propósito de muertes gramaticalmente correctas, el ejemplo que me viene a la mente es el del gramático jesuita Dominique Bouhours, que se murió pronunciando su célebre frase ” je m´en vais ou je m´en vas, car l´un et l´autre se dit ou se disent “. No hay traducción exacta, pero una versión aproximativa podría ser: “Me voy o me estoy yendo, ya que lo uno y lo otro se dice, o se dicen”.
Dudo de que cuando me muera me asalten cavilaciones lingüísticas tan sutiles, pero, conociéndome hasta donde es posible, confío en no morirme cometiendo errores de lenguaje, así la muerte me halle en Abidjean.

Acerca de Graciela Mariani

Arquitecta Planificadora Urbana y Regional
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