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La mujer que triunfó en el arte a los 84 años

Leila Guerriero – LA NACION

Ahora es rojo, ahora no. La niña, 7 años, una belleza irrespirable, no va a ser mucho más alta ni más pesada de lo que ya es ?a los 20 tendrá el diseño de gorrión ínfimo y fuerte que la acompañará por décadas? y está en el jardín de una casa del barrio de Belgrano, en Buenos Aires. Comienza el año 1924 y ella ha dejado de ser una niña cerril ?la piel blanquísima expuesta al agrio sol del mediodía, la infancia en una casa montaraz del chaco santafecino? para empezar a ser una urbanita de colegio inglés, y mira el sol que viene y va sobre un camino de ladrillos rojos: ahora es rojo, ahora no, ahora hay sol, ahora no.

Hola.
Ochenta y cinco años más tarde, una mujer con gafas de montura gruesa, vincha de terciopelo, suéter rojo, falda negra ?un gorrión ínfimo y fuerte? abre la puerta del departamento de Recoleta donde vive.
Pasá, por favor.
El living es grande sin exageraciones. Hay un piano, una mesa baja, un sillón. A un lado, una puerta se abre a un cuarto pequeño, cubierto de pared a pared por una alfombra tapizada de manchas de pintura. La mujer se acerca a la puerta, la cierra, indica un sofá.
Es pintora, pero, durante décadas, excepto su familia y sus amigos, nadie supo lo que ella hacía desde los seis años, y a razón de doce horas por jornada, con intervalos apenas. Porque, durante décadas, la mujer se dedicó a pintar una obra de dimensiones colosales y a descartar, al mismo tiempo, toda posibilidad de mostrarla, a pesar de la insistencia de sus maestros: Batlle Planas, Kenneth Kemble, Vicente Puig.
Hasta que un día de 1999 se confabularon una puerta semiabierta, unos lienzos entrevistos y un hombre que pasaba por ahí para que todo cambiara para siempre y ella empezara a ser una artista conocida. La mujer se llama Ides Kihlen y cuando eso sucedió tenía 84 años.
-Hablemos. Pero tuteame, por favor -dice, ahora, cuando tiene 92, y ocho de fama modesta.
* * *
El perro es pequeño y el ladrido agudo, monótono, igual, ensordecedor.
-¿No se quejan los vecinos?
-Se quejaban. Pero se cansaron y ahora ellos también tienen un perro.
Ides Kihlen nació un 10 de julio de 1917 en un sitio sin nombre, en algún lugar del Chaco santafecino, norte de la provincia.
-Era puro campo, pero estábamos ahí porque mi padre tenía un ingenio de azúcar. Vivíamos en una casa muy cómoda, preciosa.
Su padre, Enrique Kihlen, sueco, y director para la Argentina de una compañía noruega, la Compañía Comercial Noruega Argentina, había conocido en Buenos Aires a Clelia Brunet, hija de suizos. Se fueron a vivir a aquel monte con lujos donde Clelia parió dos hijas: Ides y Titi.
-Tengo recuerdos de cuando era bebe. Estaba en un lugar que se movía, que debía de ser una cuna, y veía unas hojas enormes que se reflejaban en una pared blanca y, cuando llovía, veía la sombra de la lluvia cayendo. A los tres años me iba todos los días a una iglesia chiquita. Mi madre decía: “Esta chica va a ser monja”. Pero me gustaba porque había lindos colores. Me quedaba horas mirando los papeles metálicos del altar.
Vivieron un tiempo en Puerto Bermejo, después en Corrientes, en Resistencia -Chaco- y recalaron en Buenos Aires cuando ella tenía 5 años.
-Nos mandaron a un colegio inglés y ahí me cambié el nombre. A las María le decían Mary, por ejemplo, pero para mi nombre no encontraban traducción.
-¿Cuál es tu nombre?
-No digo. Tengo varios, pero si digo me van a empezar a llamar por el nombre y quiero que me digan Ides. Uno sí lo digo: me llamo María. Ida María. Les dije: “Pónganme Ides”. Y me empezaron a llamar Ides.
Cuando podía, se metía en el despacho de la directora para mirar dos cuadros: un óleo de glicinas y la imagen del general San Martín en su exilio de Boulogne Sur Mer.
-Era chica, pero ya pintaba. No recuerdo un solo día de mi vida en el que no haya estado pintando alguna cosa.
“Las rayuelas las hice en la casaquinta de la calle Juramento. Estas rayuelas las hacía en la tierra. Estaban hechas con líneas que pretendían ser rectas, pero eran medias torcidas. Las dividía en cuadrados y rectángulos, como yo quería. Siempre buscaba lugares donde hubiera luz y sol, y les ponía los colores, que eran hojas verdes, ladrillos anaranjados y vidrios de botellas que encontraba en algún lugar. También ramitas. Según cómo se movía el sol, esto cambiaba los colores y yo llamaba a todos los de la casa para que vieran esta maravilla”, escribió, en lápiz negro, sobre unas hojas sueltas y con una de esas caligrafías que sólo se tiene en los extremos de la vida -la infancia, la vejez-, Ides Kihlen.
* * *
Las manos pequeñas, los dedos curvados en la última articulación, se toquetea la vincha de terciopelo. Hace años que no se compra ropa, que la visten sus hijas, pero ha comprado decenas de vinchas así.
-No siempre usé, pero últimamente sí. Los días de viento, siendo joven, no importa que uno vaya con la cabeza deshecha, pero no es lindo ver a una vieja con el pelo así. Tengo mucho miedo de hacer el ridículo.
-¿Y alguna vez hizo el ridículo?
-Tuteame. No.
Era, a juzgar por las fotos, hermosa de estirpe universal, una belleza fuera de época, pero indiferente a sus encantos.
-La coqueta era mi hermana. A mí no me interesaba. Yo quería estar pintando todo el día y le pedí a mi madre estudiar pintura. Ella no quería que fuera a un taller particular, decía que un título de profesora siempre venía bien, así que me llevó a la Escuela Nacional de Bellas Artes a los 13, pero no me dejaron, porque tenía que tener 14 cumplidos, así que empecé a los 14. Después empecé, también, el Conservatorio Nacional de Música, para estudiar piano.
“Cuando comencé a estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes para aprender otras cosas muy importantes sobre la pintura, esas rayuelas que yo quería tanto no se podían hacer porque de ese arte no se hablaba. En la época en que yo estudiaba sólo se hacía en la Argentina pintura figurativa, pero en Italia triunfaban Marinetti o alguna otra vanguardia, y muchos decían que eran locos. (…) Pinté barcos desde una de las terrazas del taller de Quinquela Martín, que generosamente me ofreció y me dio consejos sobre pintura”, escribe, como quien ha seleccionado, de un universo de recuerdos posibles, este y aquel con algo de estrategia, con cierta intención.
-Te voy a dar una primicia. ¿Sabés a quién conocí en la escuela de Bellas Artes? A Walt Disney. Entré un día en la dirección y un hombre alto me habló en inglés, y nos quedamos un rato charlando. Después me enteré de que era Walt Disney.
-¿Habló muchas veces con él?
-No. Esa vez. Pero nos hicimos muy amigos. Tuteame.
* * *
El noviazgo con el que sería su marido, un militar cinco o seis años mayor, empezó cuando ella tenía 19 o 20, apenas recibida en la escuela de Bellas Artes.
-¿Sabés la ventaja que tenía esa época? Que teníamos casas muy grandes, con jardines y salones. Teníamos mucho espacio, y nadie se fijaba si nos dábamos un beso. Todo lo contrario, porque querían que me casara y decían que él era buena persona. Y es cierto, es una buena persona. Vive todavía. Tiene 96 años, pero no vive conmigo, vive solo. Tiene novia. Cualquier día iba a dejar pasar a una mujer.
-¿Era mujeriego?
-Uf. Una cosa terrible. Pero a mí no me importaba, querés que te diga. Sería porque no era celosa. Estuvimos casados quince años, tuvimos dos hijas y nos separamos. Se enamoró de otra. Me dijo: “Si vos querés me quedo, pero estoy enamorado de otra”. Y yo le dije: “No, andate”. Me saqué un peso. Me sentí muy libre.
-Y nunca más volviste a casarte.
-No. No quise. Dios mío. Yo ya estaba muy independiente. Me interesaba la pintura, la música, y te digo con franqueza, a un hombre hay que atenderlo, hay que ocuparse. Y yo estaba tomada por la pintura, no por el amor de los hombres.
Durante todos esos años, casada y no, siguió pintando y empezó a tomar clases en talleres de pintores como Vicente Puig, Batlle Planas, Pettoruti.
-Batlle Planas era una maravilla. Enseñaba el automatismo de una forma increíble. Pettoruti era completamente distinto. El ponía modelos geométricos y había que dibujarlos tal cual. A mí mucho eso no me gustaba porque yo nací para otro tipo de pintura.
-¿Para qué tipo de pintura?
-A mí lo que me salieron fueron cosas personales.
En la página web de Ides Kihlen su obra se presenta como una serie de series: la serie de los pizarrones (pizarras sobre las que se leen algunas operaciones matemáticas), la serie de los arabescos (que reúne algunos elementos icónicos como figuras de banderines, círculos de color, pianitos), la serie negra ) fondos negros atravesados por líneas). Pero si se le pregunta cómo definiría ella su obra, dice:
-Lo mío es el universo de lo pictórico.
Cosas personales. El universo de lo pictórico. Definiciones vagas, o extrapolables a casi cualquier cosa.
* * *
En 1957 marchó sola a París a tomar clases en el taller del cubista André Lothe, y se quedó tres meses.
-Yo todo eso me lo pagaba porque tenía rentas, mi padre tenía dinero. Me fui en barco, en el Eugenio C. Un tipo muy buen mozo me siguió todo el viaje. Que estaba enamorado de mí, decía. Pero yo, nada. En esa vida de enamoramientos hay un desengaño cada tanto. No es todo felicidad. Así que no sé si me perdí algo. Yo me sentía muy libre sin un hombre al lado. No es que me molesten los hombres. Es que ocupan lugar.
Fue esa insolencia quizás involuntaria la que la llevó, en Buenos Aires, a decirle a uno de sus profesores, en la escuela de De la Cárcova, los motivos por los cuales renunciaba a asistir a sus clases.
-Era De Ferraris, que nos hacía pintar todo de marrón. Un día me preguntó: “¿Qué le parece mi taller?” Y yo le dije: “A mí me parece que es todo marrón, señor”. Y me dice: “Ay, señorita, cómo dice eso, hable con propiedad, es color tierra, no marrón”. Dejé la clase porque estaba cansada del marrón. Y al año siguiente llegó Kenneth Kemble como profesor y volví a la escuela. Porque yo quería pintar con colores, no todo marrón.
Así pasó la vida. Cuando tuvo 40 y después 50 y después 70. Cuando su madre y su padre murieron y cuando sus dos hijas se casaron y cuando su ex marido se casó dos veces más. Cuando llegaron a su casa mascotas que murieron y volvieron a llegar otras que volvieron a morir. Durante todo ese tiempo Ides Kihlen pintó desde la mañana hasta la noche, interrumpiendo apenas para tocar el piano y tomar -más- clases. Y lo que pintó durante todo ese tiempo fue un universo lúdico, abstracciones, estambres de trazo temblón, líneas abigarradas sobre fondos negros, o círculos o bonetes o banderines o, en todo caso, una y otra y otra vez la recreación de aquello que solía mirar cuando era niña: el reflejo fantasmal de la lluvia en las paredes, los hilos almibarados de luz entre las hojas de los árboles, el brillo metálico del papel en un altar.
-Yo pintaba un tiempo una cosa, otro tiempo otra. En la serie de matemáticas aparece mucho el número cinco. Ahora lo hago siempre porque a todos les gustó el cinco.
Cosas personales. El universo pictórico. El cinco porque a todos ha gustado mucho.
* * *
Sea como fuere, de todo lo que pintó en esas décadas nadie supo nada.
Hasta que llegó aquel día, y aquel hombre, y todo cambió.
Era 1999 y un galerista, citado por una de las hijas de Ides para tasar un cuadro de pintor ruso, llegó a esta casa. Ides no estaba, pero la puerta del taller había quedado entreabierta y el hombre vislumbró aquellos lienzos -una selva de hilos de colores, una imaginería circense con reminiscencias de Paul Klee- y preguntó de quién eran. La hija de Ides dijo: “De mamá”, y el hombre insistió: “No, quiero decir quién los pintó”. Y la hija volvió a decir “mamá”.
-El hombre pidió ver más cosas, y después de verlas dijo: “Dígale a su mamá que está invitada a exponer en arteBA”. Fui. Y vendí todo.
-Nunca habías vendido un cuadro antes.
-No.
-¿Por qué?
-No se me había ocurrido. Y no me quería desprender de la obra. Bah, de esos papeles que tenía, porque para mí no era obra. Era lo que había hecho toda la vida.
A la muestra en arteBA, donde fue por la galería Arroyo, siguieron, entre muchas otras cosas, Antiquaria 2000, una retrospectiva organizada en 2002 en el Museo de Arte Decorativo, muestras en el Museo de Arte Contemporáneo de São Paulo, la participación en Pinta, la feria que reúne pintores contemporáneos latinoamericanos en Nueva York.
-Ahora veo que hay un público para lo que yo hago, pero al principio no entendía qué estaba pasando. De hecho, cuando vino el primer crítico a hacerme una nota, le dije: “¿Pero usted está seguro?”
“Y así la vemos llegar en sus últimos collages , más joven que nunca, más inventiva que nunca, más sensible, exquisita y más indómita que nunca. Elogiar con tibieza la grandeza de obras maestras se parece al insulto. Espero que no se me acuse de ello, en mi esforzada voluntad por rendir homenaje a las obras imperecederas de Ides Kihlen”, escribió el crítico de arte Rafael Squirru.
-No me arrepiento de no haber mostrado antes. Porque tenía la opinión de mis maestros. A Vicente Puig lo que yo hacía le encantaba. A Kemble también. Kemble insistió mucho para que yo expusiera, pero no le hice caso. Yo estaba cómoda pintando, no quería ser una artista. ¿Querés entrar en el taller?
Al pequeño taller de tres por tres entra la mucama, apenas, y sólo para lavar los vidrios.
-Mi hija vive conmigo hace poco, porque dice que no tengo que estar sola. Ella es fanática de la limpieza, pero ya le tengo dicho que acá no me pueden tocar nada.
Se interna en ese espacio escueto en el que hay caballetes, cuadros, lienzos, pinceles secos, pinturas, tarros, todo sobre una alfombra de Esmirna auténtica.
-Un día me puse a pintar encima, sin saber, y ahora está arruinada. Me levanto a las seis y me vengo acá. Y a veces a la noche vengo, también. Siempre la quise a la pintura mía y no la puedo dejar de hacer.
Después se para en el centro de la alfombra, los brazos en jarra, y pregunta:
-¿Tomamos champagne?
Camina hasta la cocina seguida por los ladridos del perro y regresa con pasos cortos y champagne.
-Todas las noches tomo una, dos copas, antes de cenar. Pero cenar, no ceno. Como un sanguchito, abro una lata. A mí me encanta cocinar, pero a mi hija no le gusta que haya olor a comida.
-¿Y tu hija qué hace?
-Se ocupa de mi obra. Hay cosas que no vende. Se ve que quiere guardar. Yo pienso mucho en el futuro, pienso que voy a seguir pintando. No me voy a morir mañana. Mi mejor amiga tiene diez años menos que yo y me dice: “Ay, la edad, vos no sabés lo que es, no tengo memoria”. Y yo le digo: “Bueno, no pienses”. Yo debo tener artrosis.
-¿Por qué? ¿Te duele?
-No, pero a mi edad todo el mundo tiene artrosis. Yo nunca voy al médico. La última vez, hace cinco años, fui porque me sangraba la nariz. Los años no me molestan. Pero el cambio físico sí. Cuando expuse por primera vez no representaba para nada la edad. No estaba arrugada. Ahora ya es distinto. Me he envejecido mucho. La cara, las arrugas, ya me veo más vieja. No me gusta el cambio físico que tuve. Mirá.
En la solapa de un catálogo de la galería Rubbers hay una foto suya: vincha roja, anteojos de sol, las cejas circunflejas. Ochenta y cuatro años que parecen veinte menos.
-Fijate. Estoy vieja.

EL PERSONAJE

Ides Kihelen

  • Una artista que durante años pinto solo por el placer de hacerlo
  • Quién es : artista plástica, nació en 1917 y tiene 92 años.
  • Qué hizo : estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en talleres de grandes maestros ?Vicente Puig, Pettoruti, Batlle Planas, André Lothe?, pero nunca mostró su obra más que a su familia y sus amigos. Se decidió a hacerlo por primera vez en el año 2000, cuando tenía 84 años, en arteBA y por la insistencia de un galerista que la descubrió. Desde entonces, ha realizado muchísimas muestras, aquí y en el extranjero, y vende en Brasil, España y Estados Unidos.
1 de 14  – La artista junto a sus pinceles y obras en su atelier ubicado en el barrio de la Recoleta  –   . Foto:Hernán Zenteno

Acerca de Graciela Mariani

Arquitecta Planificadora Urbana y Regional
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