>La incomprensión intercultural crea violentas brechas sociales en todo el mundo

Reconocer la diversidad

Jorge Sampaio
Para LA NACION 

Reconocer la diversidad Foto:
WASHINGTON.-La creciente diversidad étnica, lingüística, religiosa o cultural de nuestras sociedades está generando una inquietud cada vez más grande en la vida en conjunto, separando las comunidades y sometiendo las democracias a una creciente presión. Sin embargo, entre las personas hay más en común que las diferencias que las separan y, cuando tienen la oportunidad, exploran intereses comunes, proponen formas de colaboración y plantean ideas que dan respuesta a los principales retos actuales. No obstante, en los últimos años, asistimos a líneas de fractura que han fomentado la noción equívoca de que las culturas se encuentran en una ruta de colisión inevitable conducente a un choque de civilizaciones.
Ya no es posible ignorar la necesidad de poner en marcha un diálogo que promueva una mejor comprensión entre los pueblos. Para hacer frente a los estereotipos que agravan las hostilidades y las desconfianzas dentro y entre las sociedades, hay que dar una respuesta a las fuentes de las tensiones que contribuyen a separar las sociedades.
En primer lugar, las tensiones surgen cuando individuos o colectivos sienten sus valores y su identidad amenazados. Recientes oleadas de migración, especialmente en Europa, han originado resentimientos y hostilidad hacia los migrantes. El éxito logrado por muchos partidos de extrema derecha y de antimigración, en las elecciones de algunos países europeos, además de las elecciones al Parlamento Europeo de junio último, son un signo de un mal creciente.
No podemos ignorar episodios y síntomas recurrentes como, por ejemplo, el debate inacabado sobre el velo islámico en Europa, el tema del lugar que ocupa la religión en las escuelas en general, además de otras controversias relacionadas con el género, y que muchas veces han originado discusiones inflamadas y violentas, muestran que las fuentes de tensión persisten y que hay fuerzas preparadas para explorarlas. La iniciativa popular en contra de la construcción de nuevos minaretes, hace pocas semanas, en Suiza es, una vez más, un síntoma del profundo malestar entre la población, ilustrando cómo los miedos y prejuicios pueden agravar la vida en conjunto.
Las tensiones surgen también cuando los derechos de las minorías y su lugar en la sociedad están en juego. Desde los aborígenes que luchan para lograr que las injusticias a las que están expuestas se traten debidamente, hasta los migrantes en Europa, en América del Norte y en los estados del Golfo; desde las minorías religiosas en Oriente Medio, en Africa y en Asia, hasta los “enclaves” lingüísticos y étnicos, casi por todo el mundo, las sociedades se enfrentan con el reto de tener que establecer el equilibrio entre los derechos de las comunidades culturales y la necesidad de sostener la cohesión social.
En tiempos de tensiones interculturales es importante explicar el porqué de la migración y recordar todos los beneficios que aporta a nuestras sociedades. Ante las fricciones, cabe recordar que el impacto de la migración ha sido, y sigue siendo, fuertemente positivo. Y aún más, es indispensable invertir en una educación para la diversidad, en contra del analfabetismo cultural, y ocuparnos masivamente del desarrollo de competencias y aptitudes interculturales, no sólo entre los jóvenes, sino también como un proceso de aprendizaje a lo largo de la vida, sobre el modo de vivir en conjunto.
Necesitamos una educación para los derechos humanos. Una educación para la ciudadanía y el respeto por los demás; para la comprensión intercultural y el diálogo; en contra del analfabetismo mediático. Una educación sobre religiones, creencias y diálogo, tanto intrarreligiones como interreligiones. Necesitamos crear estrategias urbanas y políticas para el diálogo intercultural; políticas para los jóvenes basadas en la igualdad de oportunidades.
La iniciativa de la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas pretende dar respuesta al agravamiento de estas brechas en las sociedades, especialmente a las designadas divisiones entre Occidente e islam.
Las controversias y luchas políticas y culturales del pasado y del presente demuestran la urgente necesidad de este enfoque estratégico a largo plazo, tanto en el nivel nacional como en el regional, así como la necesidad de nuevas políticas en todos los niveles. No podemos seguir encubriendo los distintos síntomas de una crisis amenazadora en el seno, y entre casi todas, las sociedades, que pone en riesgo los valores fundamentales y los principios de respecto por los derechos humanos y libertades, tolerancia, respecto y diálogo.
No es necesario referir que solamente se pueden solucionar los conflictos políticos mediante negociaciones políticas. Por ejemplo, no es posible lograr una resolución a largo plazo de las tensiones entre las sociedades musulmana y occidental mientras no se intente solucionar con éxito algunas de las causas flagrantes de esa hostilidad. Pero bien es verdad que, incluso después de tratadas, no solucionarán totalmente la sospecha y la hostilidad arraigadas que separa a las personas desde un punto de vista cultural y religioso en las comunidades y sociedades.
Todos los datos apurados son unánimes y muestran un enorme distanciamiento en la forma como los occidentales y los árabes se ven los unos a los otros. Mientras los árabes consideran a los occidentales paternalistas y autoritarios, los occidentales consideran a los árabes fanáticos e intolerantes. Además, la marginación socioeconómica y la discriminación dan origen al alejamiento y a la intolerancia, lo que genera un abismo todavía más grande entre las comunidades musulmanas y occidentales.
Este designado distanciamiento, que opone dos bloques monolíticos ficticios, el islam y el Occidente, incita a más estereotipos y polarización, conduciendo al extremismo. Pero es necesario subrayar que la mayoría de los pueblos rechaza el extremismo en cualquier sociedad y que apoya el respecto por la diversidad religiosa y cultural. Tanto los musulmanes como los no musulmanes manifiestan su preocupación ante los retos que representan la seguridad y la amenaza de una polarización social. Millones de familias musulmanas se inquietan al perder sus hijos por el extremismo religioso y político.
Para llegar a la solución de este problema, es necesario desarrollar nuevas estrategias de gestión y promoción del diálogo entre religiones, como parte de la diversidad cultural, basadas en los derechos universales humanos. Hay que crear un cambio de mentalidades en las comunidades separadas. Y para alcanzar este objetivo, tenemos que dar prioridad política al desarrollo del gobierno democrático de la diversidad cultural, ya que al fin y al cabo la diversidad cultural debería estar estrechamente asociada a la protección de los derechos humanos y libertades fundamentales, a la igualdad de oportunidades para todos, a la solidaridad económica y a la cohesión social.
Es necesario que la educación para la diversidad y el diálogo intercultural estén en el centro de este nuevo enfoque como un proceso de comunicación interactiva entre culturas.
Hay que sensibilizar a los políticos y decisores respecto a la necesidad de que se invierta en políticas públicas relacionadas con la diversidad cultural y el diálogo intercultural. Tenemos que colocar en el centro de estas políticas las competencias y aptitudes interculturales e integrar su desarrollo como parte de una visión política global, o estrategia nacional, sobre el aprendizaje a lo largo de la vida, en lo que se refiere a la forma de vivir en comunidad, lo que significa hacer un gran esfuerzo a nivel de educación y crear oportunidades para un aprendizaje específico en el ámbito cultural en cada sistema educativo, pero que implica igualmente, por ejemplo, implementar y armonizar los métodos de evaluación de programas y actividades de diálogo intercultural y perfeccionar las metodologías de investigación para comparaciones interculturales.
Los Planes Nacionales y las Estrategias Regionales de la Alianza de Civilizaciones para el Diálogo y la Cooperación Intercultural se sostienen en una visión a largo plazo y en un enorme sentido de urgencia. Urgencia porque lo único que hace la inacción es lograr agravar el mal, mientras que pequeños cambios en las circunstancias pueden originar grandes cambios en el comportamiento.
Es exactamente esto lo que necesitamos: crear la voluntad de vivir juntos con respecto mutuo y reconociendo nuestras diferencias étnicas, lingüísticas, culturales y religiosas.
Por consiguiente, afrontemos en conjunto las dificultades que actualmente tenemos en vivir en conjunto y usémoslas como una ventana de oportunidades que nos permita abrir nuevas vías para alcanzar un mejor entendimiento y una cooperación reforzada. Vamos a dar una oportunidad a un diálogo que produzca efectos.
© LA NACION 

El autor es alto representante de las Naciones Unidas para la Alianza de Civilizaciones. 

Acerca de Graciela Mariani

Arquitecta Planificadora Urbana y Regional
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