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Aquella habitación

Una experiencia intensa puede convertirse en una pesadilla. Tal como en este cuento incluido enAquí empieza nuestra historia (Alfaguara), que aparece el mes próximo. El libro reúne relatos escogidos y otros nuevos de uno de los grandes cuentistas estadounidenses contemporáneos

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Aquella habitación Foto: ILUSTRACIÓN: RODOLFO FUCILE
Por Tobías Wolff 

El verano que siguió a mi primer curso en el instituto, me dio un ramalazo de independencia y me puse a recorrer a dedo las granjas, valle arriba y abajo, para trabajar de jornalero recogiendo fresas y limpiando establos. Luego encontré un sitio donde el dueño de la granja me pagaba diez centavos la hora por encima del salario mínimo, y su rolliza mujer, sin hijos, me daba de almorzar y se desvivía por mí mientras comía, conque me quedé allí hasta que empezaron las clases.
Mientras paleaba estiércol o arrancaba malas hierbas de una acequia de drenaje, a veces me paraba a mirar hacia los campos lejanos, donde “las manos”, como las llamaba el granjero, estaban cargando fardos de heno en una carreta, amontonándolos hasta alturas que los hacían tambalearse. De vez en cuando me llegaba un estallido de risas, la coletilla de una conversación. El granjero no me dejaba trabajar en el heno porque yo era demasiado pequeño, pero durante el invierno pegué un estirón, y al verano siguiente dejó que me uniera a la cuadrilla.
Por tanto yo era una mano. ¡Una mano! Enloquecí un poco con esa palabra, con el placer de atribuírmela a mí mismo. Tener un trabajo así lo cambió todo. Te ponía fuera del alcance de tus padres, de los comentarios mordaces de tus amigos. Te dejaba libre entre desconocidos del inquietante mundo, una situación en la que podías pretender que eras otro hasta que eras otro. Hacía que anduvieras con dinero en el bolsillo y te permitía creer que tu otra vida -la vida insignificante, entre paréntesis, de casa y el instituto- sólo era una engañifa para los que eran lo bastante crédulos para imaginar que todavía los necesitabas.
Conmigo en el campo había otros tres trabajando: el tímido y destinado a ser musculoso sobrino del granjero, Clemson, que iba a mi curso del instituto, pero al que yo infravaloraba porque sólo era un chaval sin experiencia; y dos hermanos mexicanos, Miguel y Eduardo. Miguel, bajo, imperturbable y solitario, sabía poco inglés, pero el desenvuelto Eduardo hablaba por los dos. Mientras los demás hacíamos el trabajo duro, Eduardo daba consejos sobre las chicas y contaba historias en las que él aparecía como un infatigable espadachín marrullero y diestro. Lo hacía para que nos riéramos, pero en los mismos elementos de sus historias -las salas de baile y los bares, los torpes agentes de frontera, los paletos granjeros y sus insaciables mujeres, los corruptos policías, las putas que se enamoraban de él- yo apreciaba la realidad de una vida de la que no sabía nada aunque por algún motivo imaginaba que quería para mí: una vida auténtica en un mundo auténtico.
Mientras Eduardo hablaba, Miguel trabajaba en silencio con nosotros, protestando de vez en cuando por el peso de un fardo de heno, con la cara marcada por el acné enrojecida a causa del calor, los ojos estrechos incluso más cerrados para defenderse del sol. Clemson y yo íbamos a toda velocidad y nos deteníamos, riéndonos con las historias de Eduardo, azuzándole con preguntas. Miguel nunca haraganeaba y nunca se reía. En ocasiones miraba a su hermano con lo que parecía cierta curiosidad; eso era todo.
El granjero, que era dueño de una gran extensión con un montón de heno que recoger, debería haber contratado más manos. Sólo nos tenía a nosotros cuatro, y siempre había amenaza de lluvia. Era un hombre tranquilo, amable, pero según avanzaba la estación se ponía más nervioso y empezaba a estar más encima de nosotros y a hacer que trabajáramos más tiempo. Durante la semana anterior yo había pasado las noches con la familia de Clemson, carretera adelante, de modo que pudiera estar en la granja con los demás a la salida del sol y trabajar hasta el ocaso. Cuando empezábamos a recogerlos, los fardos resultaban pesados debido al rocío. El aire del henar se espesaba por la fermentación, y Eduardo advirtió al granjero que el heno podría incendiarse, pero éste no nos daba respiro. Cojeando, quemado por el sol, lleno de arañazos, por la mañana yo casi no me podía levantar de la cama. Pero aunque protestaba delante de Clemson y Eduardo, en secreto me alegraba ocupar mi lugar a su lado, y trabajar como si no tuviera elección.
El coche de Eduardo se averió cerca del fin de semana, y Clemson empezó a traerlos y llevarlos a él y a Miguel desde el decrépito motel donde vivían con otros trabajadores temporales. A veces, al detenernos en su puerta, todos nos quedábamos sentados sin decir nada. Estábamos muy cansados. Entonces, una noche Eduardo nos propuso que entrásemos a tomar un trago. Clemson, que era buen chico, intentó escabullirse, pero yo me bajé con Miguel y Eduardo, sabiendo que él no me dejaría solo.
-Venga, Clem -dije-, no seas nena.
Él se limitó a mirarme, luego apagó el motor.
Aquella habitación. Dios. Los hermanos se habían esforzado al máximo, haciendo las camas y guardando la ropa pulcramente doblada dentro de maletas abiertas, pero uno quedaba atufado por el olor a humedad desde el mismo momento en que ponía el pie dentro. El suelo estaba como mojado y con restos de un linóleo gris; el techo medio hundido y lleno de manchas. La luz de arriba apenas llegaba a los rincones. Por debajo del olor a humedad, había otro, inquietante. Clemson era un chico remilgado y puso cara de asco cuando yo monté el número de que estaba muy cómodo.
Echamos whisky de centeno en nuestros estómagos vacíos y escuchamos a Eduardo, y no pasó mucho antes de que todos estuviéramos borrachos. Apareció uno en la puerta y le habló en español, y Eduardo salió fuera y no volvió. Miguel y yo seguimos bebiendo. Clemson estaba medio dormido, con la barbilla cayéndole poco a poco sobre el pecho y volviendo a enderezarse. Entonces Miguel me miró. Entrecerró los ojos y me miró con dureza, sin pestañear, y empezó a protestar por una injusticia que le había hecho nuestro patrón, o puede que otro patrón. Yo apenas entendía su inglés, y él no dejaba de recurrir al español, que yo no entendía nada. Pero estaba enfadado; eso llegaba a entenderlo.
En determinado momento fue al otro lado de la habitación, volvió y puso una pistola encima de la mesa, justo delante de él. Un revólver, de cañón largo, con la mayor parte del niquelado descascarillado. Miguel me clavó la mirada por encima de la pistola y reanudó sus quejas, todas en español. Me miraba, pero yo me daba cuenta de que estaba viendo a otra persona. Antes apenas lo había oído hablar. Ahora las palabras surgían con un tono de enfado, y comprendí que su voz en cierto modo lo estaba excitando, que el mismo sonido de su indignación demostraba que se habían portado mal con él, lo que incrementaba su rabia, haciéndole aborrecer al que pensaba que era yo, fuera quien fuese. Me daba miedo hablar. Lo único que podía hacer era sonreír.
Aquella habitación; una vez que entras, en realidad nunca sales de ella. Puedes olvidar que estuviste dentro, puedes seguir como si empuñaras las riendas, como si el curso de tu vida, sí, incluso su extensión, reflejara la fuerza de tu carácter y lo sabio de tus opiniones. Y entonces te encuentras con una mancha de hielo en una curva un soleado día de marzo y el volante no te responde y no eres más que un espectador de tu propio deslizarte como en sueños hacia el arcén; y entonces recuerdas dónde estás.
O metido en un autobús con otros treinta chicos. Es temprano, justo antes del amanecer. Es entonces cuando salen siempre los autobuses, con las luces cortas, para no llamar la atención de los cuáqueros del otro lado de la salida, pero la cosa no funciona y están esperando, sujetan en silencio sus pancartas, mirándote con reproche pero con tristeza y simpatía cuando el autobús pasa por delante de ellos camino del aeropuerto y el avión que te llevará a donde no querrías ir; y en ese momento sabes el valor exacto de tus deseos, y de tus planes y de toda la fuerza de tu cuerpo y voluntad. Entonces sabes dónde estás, como sabes dónde estás cuando los que quieres mueren antes de tiempo -el tiempo que habían planeado para ellos, para ti mismo con ellos-; y cuando tu cuota diaria de palabras y sueños se termina; y cuando tu hija dirige el coche directamente contra un árbol. Y si ella sale de eso sin un rasguño, todavía puedes notar aquel techo oscuro cerca de la cabeza, y saber dónde estás. ¿Y qué puedes hacer sino lo que hiciste en aquella horrible habitación, con Miguel odiándote sin motivo y una pistola preparada a mano? Sonreír y esperar que cambie de tema.
Pasó eso, aquella vez. Clemson salió disparado de su silla, se dobló hacia delante y vomitó todo por encima de la mesa. Miguel dejó de hablar. Miró a Clemson como si no lo hubiera visto nunca, y cuando Clemson volvió a tener arcadas, Miguel se levantó de un salto, lo agarró por la camisa y lo empujó hacia la puerta. Me hice cargo de Clemson y le ayudé a salir mientras Miguel seguía mirando y gritaba de asco. ¡Asco! Ahora el remilgado era él. La repugnancia se había impuesto a la rabia, se había impuesto incluso al odio. ¡Con cuánto cuidado atendí a Clemson aquella noche! Creía que me había salvado la vida. Y puede que lo hiciera.
El granero del dueño de la granja ardió de arriba abajo aquel invierno. Cuando me enteré, solté:
-¿No se lo dije? Claro que sí, le dije a aquel estúpido cabrón que no metiera el heno húmedo.
[Traducción Mariano Antolín Rato]

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Acerca de Graciela Mariani

Arquitecta Planificadora Urbana y Regional
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